Mi primer viaje a Grecia
Durante trece días, del 18 al 30 de marzo de 1983, recorrimos más de 1.000 kilómetros por Grecia, visitando algunos de los lugares fundamentales de la historia y la cultura occidental.
Éramos un grupo de estudiantes de COU —el curso que entonces se realizaba antes de acceder a la universidad—, chicos y chicas de 17 y 18 años que teníamos la oportunidad extraordinaria de descubrir Grecia junto a nuestros profesores de Latín, Griego e Historia. Ellos convirtieron aquel recorrido en algo mucho más importante que una simple excursión: las clases salieron de las aulas y pasaron a desarrollarse ante los templos, teatros, monasterios y ciudades donde habían sucedido las historias que habíamos estudiado.
18 de marzo – Barcelona, Roma y Atenas
La aventura comenzó el 18 de marzo de 1983, a las 14:20, cuando salimos del aeropuerto de El Prat de Barcelona.
Para mí aquel momento tenía una emoción especial: era la primera vez que viajaba en avión.
Volamos primero hasta Roma y desde allí continuamos hacia Atenas. Después de los dos vuelos llegamos finalmente a la capital griega, donde comenzaría nuestro recorrido por el país.
Nos instalamos en el Hotel Asty, situado en la plaza Omonia, que sería nuestra base durante los primeros días.
19 de marzo – La Acrópolis y la Atenas clásica
Nuestra primera jornada completa en Grecia estuvo dedicada a descubrir Atenas.
Visitamos la Acrópolis, uno de esos lugares que conocíamos desde hacía años a través de libros, fotografías y clases de historia y que, de repente, teníamos delante de nosotros.
Contemplamos el Partenón y recorrimos el conjunto monumental, intentando imaginar cómo debía de ser aquella ciudad durante su época de máximo esplendor.La jornada continuó con la visita al Ágora romana, el Ágora antigua y el templo de Zeus Olímpico, el Olympieion.
Era nuestro primer contacto directo con el mundo clásico. Aquello que hasta entonces pertenecía a los libros empezaba a adquirir dimensiones, colores, distancias y paisajes reales.
20 de marzo – Museo Nacional e iglesias bizantinasEl día 20 permanecimos también en Atenas.
Visitamos el Museo Arqueológico Nacional, donde pudimos contemplar algunas de las grandes piezas de la civilización griega que estábamos estudiando.
La jornada se completó con la visita a diferentes iglesias bizantinas, descubriendo así otra etapa de la larguísima historia de Grecia, muy diferente de la Grecia clásica que había protagonizado nuestro primer día.
21 de marzo – Cabo Sunión y el templo de Poseidón
Nuestra última jornada completa de esta primera estancia en Atenas nos llevó hasta Sunión, en el extremo meridional del Ática.
Allí, sobre un promontorio frente al mar Egeo, se encuentra el templo de Poseidón.
Fue uno de los lugares más impresionantes de aquellos primeros días. Permanecimos allí hasta el atardecer y pudimos contemplar una fantástica puesta de sol sobre el mar.
El templo, las columnas recortándose contra el cielo y la inmensidad del Egeo formaban una imagen difícil de olvidar.
Nuestra última jornada completa de esta primera estancia en Atenas nos llevó hasta Sunión, en el extremo meridional del Ática.
Allí, sobre un promontorio frente al mar Egeo, se encuentra el templo de Poseidón.
Fue uno de los lugares más impresionantes de aquellos primeros días. Permanecimos allí hasta el atardecer y pudimos contemplar una fantástica puesta de sol sobre el mar.
El templo, las columnas recortándose contra el cielo y la inmensidad del Egeo formaban una imagen difícil de olvidar.
A las 8:30 de la mañana dejamos Atenas y comenzamos realmente nuestro gran recorrido en autocar por Grecia. Nuestro destino era Delfos, pero antes hicimos una parada para visitar el monasterio de Hosios Loukas, uno de los grandes conjuntos monásticos bizantinos del país.
Llegamos aproximadamente hacia el mediodía, visitamos el monasterio y después almorzamos antes de continuar hacia Delfos. Aquella noche nos alojamos en el Hotel Pythia.
23 de marzo – Delfos, Itea y Arachova
Dedicamos la mañana a visitar el recinto sagrado de Delfos.
Para los antiguos griegos, Delfos era el centro del mundo, el lugar del célebre oráculo de Apolo. Recorrer aquel santuario entre las montañas resultaba especialmente emocionante para un grupo de estudiantes que había pasado años escuchando hablar de aquellos mismos lugares.
Entre sus monumentos contemplamos los antiguos tesoros levantados por las ciudades griegas. Recuerdo especialmente el ambiente que se respiraba allí y las historias relacionadas con las batallas y las victorias de la Grecia clásica.
El lugar nos inspiró de una manera bastante particular. Un compañero y yo nos pusimos los pantalones cortos y decidimos salir a correr por aquellos caminos, entre las montañas y los restos de la antigua Grecia. Una pequeña aventura dentro del viaje que todavía recuerdo.
Después bajamos hasta Itea, junto al golfo de Corinto. A pesar de que estábamos en marzo y el agua estaba bastante fría, algunos no pudimos resistirnos y nos bañamos en el mar. Por la tarde visitamos Arachova, un precioso pueblo de montaña situado en las proximidades de Delfos.
24 de marzo – El museo de Delfos y el monte Parnaso
A la mañana siguiente visitamos el Museo Arqueológico de Delfos, complemento imprescindible del recinto arqueológico que habíamos recorrido el día anterior.
Pero uno de los recuerdos más especiales llegó por la tarde, cuando realizamos una larga excursión a pie por el Parnaso.
Para unos jóvenes estudiantes de Latín, Griego e Historia, caminar por aquellas montañas tenía algo de mágico. El Parnaso era, según la mitología, territorio de Apolo y de las musas.
Durante aquella excursión leímos poemas, hablamos de mitología e imaginamos por un momento que los antiguos dioses griegos podían continuar escondidos en algún lugar de aquellas montañas, observándonos.
A los 18 años y en aquel escenario, no resultaba tan difícil creerlo.

25 de marzo – De Delfos a Olimpia y Esparta
Dejamos Delfos y nos dirigimos hacia Olimpia, otro de los grandes lugares históricos del viaje.
Nuestra intención era visitar el recinto sagrado donde habían nacido los antiguos Juegos Olímpicos. Sin embargo, aquel día era festivo en Grecia y encontramos el recinto cerrado.
Tuvimos que conformarnos con recorrer y contemplar los alrededores antes de continuar el viaje.
Desde Olimpia emprendimos camino hacia Esparta, donde llegamos aproximadamente a las nueve de la noche.
Nos alojamos en el Hotel Maniatis.
26 de marzo – Mystras y Esparta
La mañana estuvo dedicada a Mystras, situada muy cerca de Esparta.
Visitamos su monasterio y los restos de esta impresionante ciudad medieval bizantina, construida en las laderas de una montaña.
Después regresamos a Esparta, almorzamos y dedicamos la tarde a conocer la ciudad.
La Esparta moderna tenía poco que ver con aquella poderosa ciudad guerrera que habíamos estudiado tantas veces, pero estar allí permitía volver a escuchar de otra manera las historias de Leónidas, las Termópilas y la sociedad espartana.

27 de marzo – Micenas y Tolo
A la mañana siguiente dejamos Esparta y emprendimos viaje hacia Micenas. Llegamos aproximadamente hacia el mediodía y visitamos uno de los lugares que más evocaban el mundo legendario de la antigua Grecia.
Atravesamos la célebre Puerta de los Leones y recorrimos la ciudad que la tradición relaciona con Agamenón, el rey de Micenas y uno de los grandes protagonistas de la guerra de Troya.
Después de la visita almorzamos y por la tarde continuamos hasta Tolo, una localidad costera del Peloponeso.
Allí volvimos a hacer algo que ya habíamos probado en Itea: bañarnos en el mar en pleno mes de marzo.
El paisaje era precioso y Tolo se convirtió en nuestra última base antes de regresar a Atenas.
28 de marzo Epidauro y Tirinto
El día 28 visitamos uno de los lugares que más me impresionaron de todo el viaje: el teatro de Epidauro.
Construido aprovechando la pendiente de una montaña y conservado de manera extraordinaria, Epidauro constituye una auténtica lección de arquitectura.
Pero lo que más nos sorprendió fue su extraordinaria acústica.
Desde el centro de la orchestra se puede hablar sin necesidad de ningún sistema de amplificación y escuchar la voz desde las gradas superiores.
Tuvimos además la oportunidad de comprobarlo de una forma inolvidable: una compañera se situó en el centro del teatro y cantó ópera.
Escuchar su voz extenderse por aquel teatro construido hacía más de dos mil años fue uno de los momentos mágicos del viaje. Comprendimos entonces que aquel edificio no era simplemente una ruina arqueológica: seguía cumpliendo perfectamente la función para la que había sido diseñado.
Después de comer continuamos hacia Tirinto, otra de las grandes ciudades de la civilización micénica, antes de regresar a Tolo, donde pasamos nuestra última noche en el Peloponeso.
Construido aprovechando la pendiente de una montaña y conservado de manera extraordinaria, Epidauro constituye una auténtica lección de arquitectura.
Pero lo que más nos sorprendió fue su extraordinaria acústica.
Desde el centro de la orchestra se puede hablar sin necesidad de ningún sistema de amplificación y escuchar la voz desde las gradas superiores.
Tuvimos además la oportunidad de comprobarlo de una forma inolvidable: una compañera se situó en el centro del teatro y cantó ópera.
Escuchar su voz extenderse por aquel teatro construido hacía más de dos mil años fue uno de los momentos mágicos del viaje. Comprendimos entonces que aquel edificio no era simplemente una ruina arqueológica: seguía cumpliendo perfectamente la función para la que había sido diseñado.
Después de comer continuamos hacia Tirinto, otra de las grandes ciudades de la civilización micénica, antes de regresar a Tolo, donde pasamos nuestra última noche en el Peloponeso.
El día 29 emprendimos el regreso hacia Atenas.
Durante el recorrido pasamos por Corinto y pudimos contemplar el espectacular canal de Corinto, el estrecho corte abierto en la roca que separa el Peloponeso de la Grecia continental.
Después continuamos hasta Atenas.
Nuestro último día en la capital quedó libre, así que pudimos pasear, realizar algunas compras y despedirnos de una ciudad que apenas diez días antes era completamente desconocida para nosotros y que ya empezaba a formar parte de nuestros recuerdos.
Volvimos a alojarnos en el Hotel Asty.
Durante el recorrido pasamos por Corinto y pudimos contemplar el espectacular canal de Corinto, el estrecho corte abierto en la roca que separa el Peloponeso de la Grecia continental.
Después continuamos hasta Atenas.
Nuestro último día en la capital quedó libre, así que pudimos pasear, realizar algunas compras y despedirnos de una ciudad que apenas diez días antes era completamente desconocida para nosotros y que ya empezaba a formar parte de nuestros recuerdos.
Volvimos a alojarnos en el Hotel Asty.
30 de marzo – Regreso a Barcelona
El 30 de marzo llegó el momento de volver a casa.
Nuestro avión salió de Atenas aproximadamente a las 8:20 de la mañana con destino a Barcelona. La llegada al aeropuerto de El Prat estaba prevista alrededor de las dos de la tarde.
Terminaban así trece días extraordinarios.
Habíamos recorrido más de 1.000 kilómetros por Grecia, dormido en cuatro ciudades diferentes y atravesado buena parte del país: Atenas, Sunión, Hosios Loukas, Delfos, Itea, Arachova, el Parnaso, Olimpia, Esparta, Mystras, Micenas, Tolo, Epidauro, Tirinto y Corinto.
Pero aquel viaje significó mucho más que sumar lugares a una lista.
Un viaje que nunca olvidaremos
Visto desde la distancia, creo que tuvimos una suerte extraordinaria.
Éramos un grupo de chicos y chicas de 17 y 18 años recorriendo Grecia con nuestros profesores de Latín, Griego e Historia. Y ellos no se limitaron a acompañarnos.
Nos explicaban los mitos allí donde habían nacido, nos hablaban de batallas en los lugares donde se habían librado, nos contaban la historia de las ciudades mientras caminábamos por sus ruinas y nos hacían comprender la arquitectura entrando en edificios construidos hacía más de dos mil años.
Delfos dejó de ser una página de un libro. Micenas dejó de ser solamente la ciudad de Agamenón. El Parnaso dejó de ser una montaña mitológica. Y Epidauro dejó de ser un dibujo en un manual de Historia del Arte.
Todo estaba allí, delante de nosotros.
Para mí fue además el viaje de muchas primeras veces: tenía 18 años, era mi primer viaje en avión, uno de mis primeros grandes viajes fuera de España y la primera ocasión en la que recorría durante tantos días un país extranjero.Quizá por eso, más de cuatro décadas después, todavía puedo recordar determinados momentos con enorme claridad: la puesta de sol frente al templo de Poseidón en Sunión, correr entre los paisajes de Delfos, bañarnos en las frías aguas de Itea y Tolo, leer poemas en el Parnaso, atravesar la Puerta de los Leones de Micenas o escuchar la voz de una compañera resonando entre las gradas de Epidauro.
Hay viajes que terminan cuando regresa el avión.
Y hay otros que, de alguna manera, continúan acompañándonos durante toda la vida
.
Aquel a Grecia de marzo de 1983 fue uno de ellos.
Nuestro avión salió de Atenas aproximadamente a las 8:20 de la mañana con destino a Barcelona. La llegada al aeropuerto de El Prat estaba prevista alrededor de las dos de la tarde.
Terminaban así trece días extraordinarios.
Habíamos recorrido más de 1.000 kilómetros por Grecia, dormido en cuatro ciudades diferentes y atravesado buena parte del país: Atenas, Sunión, Hosios Loukas, Delfos, Itea, Arachova, el Parnaso, Olimpia, Esparta, Mystras, Micenas, Tolo, Epidauro, Tirinto y Corinto.
Pero aquel viaje significó mucho más que sumar lugares a una lista.
Un viaje que nunca olvidaremos
Visto desde la distancia, creo que tuvimos una suerte extraordinaria.
Éramos un grupo de chicos y chicas de 17 y 18 años recorriendo Grecia con nuestros profesores de Latín, Griego e Historia. Y ellos no se limitaron a acompañarnos.
Nos explicaban los mitos allí donde habían nacido, nos hablaban de batallas en los lugares donde se habían librado, nos contaban la historia de las ciudades mientras caminábamos por sus ruinas y nos hacían comprender la arquitectura entrando en edificios construidos hacía más de dos mil años.
Delfos dejó de ser una página de un libro. Micenas dejó de ser solamente la ciudad de Agamenón. El Parnaso dejó de ser una montaña mitológica. Y Epidauro dejó de ser un dibujo en un manual de Historia del Arte.
Todo estaba allí, delante de nosotros.
Para mí fue además el viaje de muchas primeras veces: tenía 18 años, era mi primer viaje en avión, uno de mis primeros grandes viajes fuera de España y la primera ocasión en la que recorría durante tantos días un país extranjero.Quizá por eso, más de cuatro décadas después, todavía puedo recordar determinados momentos con enorme claridad: la puesta de sol frente al templo de Poseidón en Sunión, correr entre los paisajes de Delfos, bañarnos en las frías aguas de Itea y Tolo, leer poemas en el Parnaso, atravesar la Puerta de los Leones de Micenas o escuchar la voz de una compañera resonando entre las gradas de Epidauro.
Hay viajes que terminan cuando regresa el avión.
Y hay otros que, de alguna manera, continúan acompañándonos durante toda la vida
.Aquel a Grecia de marzo de 1983 fue uno de ellos.
Hay viajes que permanecen en la memoria no solamente por los lugares que descubrimos, sino por el momento de nuestra vida en que los vivimos.


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