Madeira, verano de 1988



Un viaje inolvidable entre el Atlántico y los jardines de la eterna primavera
Hay viajes que permanecen en la memoria no solo por los lugares visitados, sino también por los pequeños detalles: una canción escuchada en un restaurante, una cena frente al mar, una maleta que tarda en llegar o una noche en la que un autocar entero acaba cantando. Nuestro viaje a Madeira, en el verano de 1988, fue uno de ellos.
Durante aquellos días descubrimos una isla exuberante y acogedora, suspendida en medio del Atlántico, con montañas cubiertas de nubes, jardines tropicales y una capital, Funchal, que combinaba elegancia, tradición y una forma de vivir pausada y amable.
24 de julio: rumbo a Madeira
El gran día llegó por fin. Después de despedirnos de la familia, vinieron a buscarnos sobre las once y cuarto de la mañana para llevarnos al aeropuerto de El Prat. Allí comenzamos el viaje de una manera muy propia de aquellos años: desayunando unas hamburguesas antes de facturar el equipaje y embarcar.
El vuelo salió de Barcelona con destino a Lisboa. Desde el aire contemplamos algunos de los grandes ríos de la península —el Ebro, el Guadiana y el Tajo— y también sobrevolamos Madrid. En la capital portuguesa cambiamos de avión para continuar hasta Funchal, nuestro destino final.
La llegada a Madeira fue emocionante. Al tocar tierra, los pasajeros rompieron espontáneamente en aplausos, una costumbre bastante habitual en aquella época y especialmente comprensible al aterrizar en el espectacular aeropuerto de la isla, encajado entre las montañas y el océano.
Tras recoger el equipaje —o, al menos, el que había conseguido llegar— nos recibió João, que nos acompañó hasta un elegante Mercedes que hacía las veces de taxi. Poco después entrábamos en nuestra habitación, la 318.
La bienvenida no podía haber sido más especial. Sobre la mesa nos esperaban una botella de champán, fruta fresca y un ramo de rosas. Más tarde, el personal del hotel nos llevó incluso unos bombones para desearnos buenas noches. Era una de esas atenciones que convertían la llegada en una experiencia memorable.
La única dificultad fue encontrar dónde cenar. El restaurante principal ya había cerrado y el otro exigía llevar corbata, algo complicado teniendo en cuenta que nuestras maletas aún no habían aparecido. Finalmente cenamos en el restaurante Balcony: espaguetis a la boloñesa, pollo con patatas, verduras y ensalada. Allí probamos por primera vez el célebre vino de Madeira. Nos encantó desde el primer sorbo.
Nos fuimos a dormir cansados, ilusionados y todavía pendientes de recuperar nuestro equipaje.
25 de julio: primer paseo por Funchal
La mañana comenzó con una compra tan necesaria como inesperadamente cara. Como las maletas seguían sin llegar, tuvimos que comprar un cepillo de dientes en el hotel. Nos costó nada menos que 900 escudos portugueses, una pequeña anécdota que todavía hoy recordamos.
Después del desayuno recorrimos con calma los jardines del hotel. Eran un verdadero paraíso tropical, poblado de flores, palmeras y una vegetación tan abundante que parecía querer ocupar cada rincón. Madeira empezaba a mostrarnos por qué se la conoce como la isla de la eterna primavera.
A media mañana llegó la noticia que estábamos esperando: las maletas habían aparecido por fin. Dorita, la representante de Top Tours, aprovechó aquel momento para explicarnos las excursiones que podíamos realizar durante nuestra estancia.
Con el equipaje recuperado y mucho más tranquilos, salimos caminando hacia el centro de Funchal. Almorzamos en el restaurante Abracadabra mientras sonaban canciones de Supertramp, Sting y The Housemartins. Aquella música terminó convirtiéndose en la banda sonora involuntaria de nuestras vacaciones.
La tarde transcurrió entre paseos por el puerto, rincones del casco antiguo y algunas compras muy propias de un viaje de los años ochenta: un jersey Lacoste, una calculadora, una toalla, un mapa de la isla y un libro. También hubo tiempo para tomar un helado y aliviar el calor.
Por la noche nos vestimos con nuestras mejores galas para cenar en el exclusivo restaurante Virrey. El servicio fue impecable y el menú estuvo a la altura del ambiente: crema de ave, media langosta y, como broche final, unos plátanos flambeados preparados delante de nosotros. Fue una cena elegante y especial que quedó para siempre asociada a aquel viaje.
26 de julio: piscina, honestidad y descanso
Al día siguiente decidimos empezar la mañana sin prisas y pedimos que nos llevaran el desayuno a la habitación. Poco después llamaron a la puerta con una bandeja repleta de cruasanes, mantequilla, mermelada, zumo de naranja y café.
Dedicamos la mañana por completo a la piscina. El sol de Madeira parecía suave, pero resultó engañoso: después de varias horas tomando el sol acabamos bastante rojos.
Tras una ducha reparadora, tomamos un taxi hasta el restaurante Solar d’Ouro. Allí disfrutamos de un excelente cóctel de gambas, pollo a la parrilla y una refrescante macedonia de frutas.
Más tarde, durante un paseo por el Jardín Botánico, encontramos una pequeña bolsa de mano abandonada. Al abrirla para intentar identificar a su dueño, vimos que contenía dinero y documentación. Conseguimos localizar al propietario y se la devolvimos. Su agradecimiento sincero hizo que aquel gesto sencillo se convirtiera en uno de los recuerdos más humanos de nuestras vacaciones.
Continuamos el paseo por Funchal y aprovechamos para comprar unos zapatos nuevos y unas alpargatas.
Aquella noche estaba prevista una fiesta en el hotel, pero Toni tenía dolor de cabeza y decidimos tomarnos la velada con calma. Cenamos algo ligero en el Balcony —un sándwich de jamón y queso acompañado de un zumo— y nos retiramos temprano a descansar.
27 de julio: una noche folclórica para recordar
La jornada comenzó con un desayuno abundante en el restaurante Cristóvão Colombo: huevos fritos, salchichas, beicon, pan y un excelente zumo de naranja.
Después regresamos a la piscina y pasamos un buen rato descansando bajo la sombra de un árbol, en unos jardines abiertos hacia el mar. Con el sonido del Atlántico de fondo y la vegetación rodeándonos, era difícil imaginar un lugar más tranquilo.
Por la tarde tomamos el autobús del hotel hasta el centro de Funchal. Durante el trayecto conocimos a una pareja muy simpática. Al principio pensamos que eran ingleses, pero pronto descubrimos que procedían de Canadá. La conversación surgió de manera natural y acabaron recomendándonos varios restaurantes de la ciudad.
Después de pasar por la peluquería y hacernos unas fotografías a la entrada del hotel, llegó uno de los momentos más esperados del viaje: la gran cena folclórica organizada por la agencia.
Nuestra guía era Hilda, una mujer llena de energía y simpatía que nos acompañó hasta el autocar. A medida que avanzábamos, fueron subiendo viajeros de distintas nacionalidades, todos dispuestos a disfrutar de una noche diferente.
La cena fue una auténtica inmersión en la tradición madeirense. Probamos sopa portuguesa, pan, mantequilla y vino, además de las famosas espetadas: grandes piezas de carne asadas a la brasa y servidas en largos pinchos.
Mientras cenábamos comenzaron las actuaciones de música y bailes tradicionales. Y, como suele suceder en esta clase de espectáculos, terminamos participando. Primero subí yo al escenario y después lo hizo Antonio, que tuvo que seguir una antigua tradición local entre pañuelos, reverencias y saludos ceremoniales.
La fiesta continuó con música para todos los asistentes. Bailamos incluso un pasodoble y, durante el regreso, el autocar se transformó en una celebración improvisada. Españoles, portugueses, franceses, italianos y canarios cantábamos canciones populares mientras el vehículo recorría la noche de Funchal y dejaba a los viajeros en sus respectivos hoteles.
Fue, sin ninguna duda, una de las noches más alegres y divertidas de todo el viaje.
28 de julio: el encanto del puerto de Funchal
A la mañana siguiente desayunamos junto al gran mirador del hotel, probablemente en la mejor mesa del restaurante. Desde allí contemplábamos Funchal y las montañas del interior, parcialmente cubiertas por las nubes. Aquella combinación de ciudad, océano y cumbres verdes resumía buena parte del encanto de Madeira.
Pasamos la mañana entre los jardines y la piscina, dejándonos envolver por el clima templado y la tranquilidad del hotel.
Al mediodía comimos en el Gazebo. El menú fue tan variado como abundante: gazpacho, pez espada, ensalada portuguesa, sándwiches, tarta de queso y café.
Dedicamos la tarde a las compras y aprovechamos para renovar parte del vestuario con unos pantalones blancos, una camiseta de rayas y unas gafas de sol.
Por la noche regresamos al puerto para cenar. Allí nos atendió un camarero especialmente simpático, con un sentido del humor capaz de convertir una cena corriente en una velada inolvidable. Entre bromas, conversación y el ambiente nocturno del puerto, despedimos otro día perfecto en Funchal.
Un recuerdo que sigue vivo
Madeira nos conquistó por la belleza de sus paisajes, sus jardines exuberantes y la elegancia de Funchal, pero también por todas aquellas pequeñas experiencias que dieron personalidad al viaje.
Recordamos el aplauso al aterrizar, la habitación 318, el champán y las rosas, el equipaje extraviado, la música de Supertramp y Sting, las cenas elegantes, los paseos por el puerto y aquella inolvidable noche folclórica en la que personas de distintos países acabaron cantando juntas dentro de un autocar.


Más de tres décadas después, Madeira sigue ocupando un lugar especial en nuestra memoria. Porque algunos viajes terminan cuando regresa el avión, pero otros continúan vivos durante toda la vida.

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