Madeira, verano de 1988
Un viaje inolvidable entre el Atlántico y los jardines de la eterna primavera Hay viajes que permanecen en la memoria no solo por los lugares visitados, sino también por los pequeños detalles: una canción escuchada en un restaurante, una cena frente al mar, una maleta que tarda en llegar o una noche en la que un autocar entero acaba cantando. Nuestro viaje a Madeira, en el verano de 1988, fue uno de ellos. Durante aquellos días descubrimos una isla exuberante y acogedora, suspendida en medio del Atlántico, con montañas cubiertas de nubes, jardines tropicales y una capital, Funchal, que combinaba elegancia, tradición y una forma de vivir pausada y amable. 24 de julio: rumbo a Madeira El gran día llegó por fin. Después de despedirnos de la familia, vinieron a buscarnos sobre las once y cuarto de la mañana para llevarnos al aeropuerto de El Prat. Allí comenzamos el viaje de una manera muy propia de aquellos años: desayunando unas hamburguesas antes de facturar el equipaje y embarcar. El v...